Martin Heidegger escribió buena parte de sus obras en una pequeña y austera casita de madera en Todtnauberg, a dieciocho kilómetros de Friburgo, en las montañas de la Selva Negra alemana. Durante cincuenta años mantuvo una intensa relación con el edificio, que se convirtió en mediador imprescindible para su trabajo. Más allá de la tradición de pensadores con cabaña – Heráclito, Lao-Tse, Thoreau, Wittgenstein- , el caso de Heidegger es especialmente significativo por toda la documentación y referencias que existen sobre él. La casa además sigue en pie y hoy es una suerte de lugar de peregrinaje que ha obligado a sus actuales propietarios -los familiares del filósofo – a pedir expresamente el respeto de su privacidad.
Las investigaciones de Adam Sharr, publicadas en su magnífico libro La cabaña de Heidegger, un espacio para pensar (Gustavo Gili, 2006). Se sabe que fue construida en el verano de 1922 para y por la familia. El texto de Gili es riguroso y ágil con bastante material gráfico, incluidas muchas de las espléndidas fotografías que Digne Meller-Marcovicz realizó en 1966 y 1968 para el semanario alemán Der Spiegelo . No se conoce si hubo un arquitecto detrás del proyecto, pero sí que Elfride, la prusiana esposa del pensador, organizó y supervisó la obra.
Esta pequeña introducción para el blog de la materia Historia de las Manifestaciones Artísticas I de la Universidad de Pamplona, desea vincular a los estudiantes a partir de sus lugares de permanencia con los diferentes contextos a observar este semestre y el pensamiento.

